Tema 1 - La Política (2021-2022) PDF

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This document is a lecture or presentation about the concept of politics according to different perspectives;including different views and the discussion of various concepts like power, authority and legitimacy. It explores the different ways to understand politics, and it discusses the complexities and nuances of political thought and action.

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Tema 1: La política. 1. El concepto de lo político. 2. Poder, autoridad, legitimidad. 3. La concepción normativa de la política. 4. La naturaleza moral de la política. 5. Los límites de la política. 1. El concepto de lo político. Una posible definición de l...

Tema 1: La política. 1. El concepto de lo político. 2. Poder, autoridad, legitimidad. 3. La concepción normativa de la política. 4. La naturaleza moral de la política. 5. Los límites de la política. 1. El concepto de lo político. Una posible definición de lo político, a partir de la cual puede comenzarse una indagación conceptual, es: “La política es la actividad a través de la cual los grupos humanos toman decisiones colectivas” (Hague). Sin embargo, una definición de esta índole plantea problemas: (i)Se otorga naturaleza política a demasiadas configuraciones sociales. (ii) No se aclara el procedimiento mediante el cual se toma la decisión. La política como búsqueda sin final Hay una base subyacente a la política, que es la búsqueda de fines y decisiones en los asuntos colectivos. Pero esas finalidades se ven frustradas constantemente por las circunstancias cambiantes y abiertas que en que esa búsqueda tiene lugar. Pero la búsqueda de los fines (el intento por realizarlos) es una búsqueda sin final porque, en cada estación de la ruta proyectada hay que enfrentarse a contingencias, indeterminaciones, pluralidades y desacuerdos –y hacerlo en conjunción con otros sujetos. ¿Dónde se hace la política? Nótese que, si los pensadores premodernos y una buena parte de los modernos se habían ocupado preferentemente del poder, objeto a menudo solapado con el Estado, la Ciencia Política norteamericana ha empleado la noción más amplia de gobierno, o la de sistema político, mientras los pensadores posestructuralistas y posmodernos apuntaron hacia la cultura y el discurso como espacios genuinamente políticos. Y es que estudiar el ejercicio institucionalizado del poder –ya se haga prescriptiva o descriptivamente– es algo muy distinto a contemplar la totalidad de las relaciones sociales y personales como relaciones de poder. ¿Concepción exhaustiva o restrictiva de la política? O sea: se empieza por estudiar la monarquía y se acaba en las connotaciones políticas del reggae jamaicano, lo cual, dicho sea de paso, es enteramente natural, sobre todo cuando una parte del reggae jamaicano aspira a producir efectos políticos en la cultura. ¿Es la política un fenómeno que sólo se manifiesta en las instituciones de gobierno, o un proceso social que se extiende más allá de las mismas y atañe a todos los aspectos de la vida personal y colectiva? Tal es, en esencia, el dilema que aquí se plantea. La concepción restrictiva de la política De acuerdo con una concepción restrictiva de la política, ésta tiene lugar en las instituciones formales de gobierno y en torno a las mismas. Son los actores individuales y colectivos quienes toman decisiones o influyen en ellas en el interior del sistema político; corresponderá a la ciencia política analizar el comportamiento de tales actores y el funcionamiento de ese sistema. La concepción exhaustiva de la política Por el contrario, una concepción exhaustiva de la política apunta en la dirección contraria, al sostener que la política es un fenómeno más amplio, que desborda los espacios dedicados formalmente a su ejercicio. La política está presente en la totalidad del sistema social y es determinante en la configuración de las relaciones sociales; la ciencia de la política debe estudiarla en toda su amplitud, en lugar de limitarse a las operaciones formales de la política institucionalizada: la vida cotidiana, la cultura, el discurso, la economía son también espacios sustancialmente políticos. ¿Hay espacios sin política? El problema de la afirmación de que todo es política reside en que parece negar la existencia de una vida social no política. Desde este punto de vista, no existirían acciones sin contenido político, o, mejor dicho, acciones que no pudieran describirse, en algún sentido, como políticas. Sin embargo, hay aspectos decisivos de la vida social –como el cambio tecnológico, la influencia del lenguaje, los usos y las costumbres– que no son primariamente políticos, aunque puedan ser influidos políticamente. ¿Hay espacios sin política? De esta forma, por mucho que la distinción entre lo público y lo privado sea una convención a menudo empleada para sustraer algunos temas del debate propiamente político, resulta dudoso que podamos suprimirla alegremente. Digamos, entonces, que todo es politizable, porque basta con afirmar su cualidad política para ello, pero no todo es intrínsecamente político, ni tiene por qué politizarse efectivamente. Los grados de lo político Si la política no lo es todo, pero al mismo tiempo puede estar en todas partes, mientras simultáneamente ocupa algunos espacios que le son asignados formalmente, parece que un criterio útil para la demarcación de lo político puede ser la intensidad y la forma en que aquélla se manifiesta, según los casos, en diferentes esferas de la sociedad. De este modo, a partir de la distinción entre sociedad civil, sociedad económica y sociedad política (ámbitos autónomos pero interdependientes), pueden diferenciarse tres niveles distintos de manifestación de lo político: Los grados de lo político [a] La política como gobierno, que reside en las instituciones públicas y remite a los actores políticos públicos. [b] La política como influencia sobre el gobierno, protagonizada por un conjunto de actores no institucionales que operan tanto formal como informalmente en la esfera política (sindicatos, agentes económicos, movimientos sociales, medios de comunicación), así como fuera de ella. [c] La política como depósito cultural, que incluye los dos niveles anteriores y comprende a la sociedad civil como conjunto interinstitucional. La irreductible complejidad de lo político Si nos preguntamos cuáles son los rasgos únicos de la conducta y el pensamiento que son propiamente políticos, nos encontramos con un conjunto de prácticas separadas, pero interconectadas. Incluyen la toma de decisiones finales en una sociedad, el ránking de las prioridades colectivas, la movilización o retirada del apoyo a o de una colectividad, la estabilización y desestabilización de los acuerdos sociales, la invocación de futuros sociales en forma de planes o visiones, así como el ejercicio del poder mediante la persuasión, la retórica, la emoción, la amenaza y la fuerza. Todos estos rasgos aparecen con una fuerza variable en cada situación o contexto. En definitiva, la política nunca es una sola cosa –ya sea conflicto, poder, consenso, ruptura, agonismo. Todo reduccionismo es, siempre, una distorsión. Hacia una definición de lo político Encontrarla es así difícil, pero quizá no imposible. Goodin y Klingemann propusieron hace ya más de una década forjar el consenso en torno a una definición de lo político entendido como “el uso restringido del poder social”. Habría de entenderse con ello que el proceso político tiene que ver con la elección colectiva sin recurso a la violencia, lo que incluye las acciones intencionales y las no intencionales, así como a los actores formales y los informales. La política sería así algo más amplio que el gobierno, pero cualquier proceso político, para ser definido como tal, debería poder relacionarse de un modo significativo con la dimensión pública de la vida social. 2. Poder, autoridad, legitimidad. El poder está íntimamente ligado a los valores y las creencias: este vínculo permite establecer relaciones de poder duraderas y estables en las que no es preciso recurrir constantemente a la fuerza. De aquí deriva Weber la distinción entre poder y autoridad: autoridad equivale al ejercicio institucionalizado del poder, y conduce a una diferenciación, más o menos permanente, entre gobernantes y gobernados –entre los que mandan y los que obedecen. El concepto de autoridad La institucionalización del poder que supone la autoridad tiene como causa la estabilización de determinados roles y estatus en las relaciones sociales. La obediencia no se produce aquí de la misma forma que en un medio no institucionalizado. ¿Por qué? Porque ahora tiene lugar una abstracción respecto de la persona concreta que emite la orden, y la correspondiente localización de la autoridad en la institución que esa persona encarna. La persona no es persona, sino autoridad legítima que puede reclamar de nosotros obediencia. Los presupuestos de la autoridad a. Una relación de supra-subordinación entre dos individuos o grupos. b. La expectativa del grupo supraordinado de controlar el comportamiento subordinado. c. La vinculación de tal expectativa a posiciones sociales relativamente independientes del carácter de sus ocupantes. d. La posibilidad de obtención de obediencia no es ilimitada, sino que se limita a un contenido específico. e. La desobediencia es sancionada según un sistema de reglas vinculado a un sistema jurídico, o a un sistema de control extrajurídico. De la autoridad a la legitimidad La autoridad designa entonces la rutinización de la obediencia, así como su conexión con los valores y creencias que le sirven de apoyo en un sistema político. El poder se convierte en autoridad cuando se legitima. ¿Qué es la legitimidad? Nos enseña Weber que legítimo es aquello que las personas creen legítimo. En consecuencia, la obediencia se obtiene sin recurso a la fuerza cuando el mandato remite a valores o creencias comúnmente aceptadas y que forman parte del consenso del grupo. Los tipos de legitimidad Los primeros tipos históricos de legitimidad remiten, lógicamente, a los valores religiosos de las comunidades –desde el rey-dios egipcio hasta la idea del origen divino de la autoridad, e incluso aquella otra de la vocación divina como principio ordenador del gobierno legítimo. Y aunque el proceso de secularización occidental hace que la legitimación de orden religioso pierda importancia de modo progresivo, este es un proceso más bien contradictorio. La clasificación weberiana de los tipos de legitimidad 1. La legitimidad tradicional. Que apela a la creencia en la santidad o corrección de las tradiciones de la comunidad como fundamento del poder y la autoridad. 2. La legitimidad carismática. Que apela a la creencia en las cualidades excepcionales de heroísmo o carácter de una persona individual y del orden normativo revelado u ordenado por ella. 3. La legitimidad legal-racional. Que apela a la creencia en la legalidad y los procedimientos racionales como justificación del orden político, de forma que son dignos de obediencia aquellos que han sido elevados a la autoridad de acuerdo con esas reglas y leyes. Insuficiencia del enfoque weberiano de la legitimidad En todos estos casos, la legitimidad aparece vinculada a la creencia en la legitimidad: es legítimo el poder tenido por legítimo. ¿Qué ocurre entonces con la creencia en un poder legítimo, pero no democrático? Parece que no podemos considerar ilegítimo a ningún poder que cuente con el favor de la creencia de los súbditos. Hay que pensar, sobre todo, en el caso de la legitimidad legal-racional. Porque se basa en la reducción de la legitimidad a pura legalidad: sería legítimo entonces aquello que es legal. 3. La concepción normativa de la política. El concepto alternativo de poder y legitimidad se fundamenta en la idea de acción comunicativa o concertada. Que responde a la idea aristotélica de que existen acciones que se realizan por sí mismas –es decir, sin que sean meros medios para la obtención de un fin distinto. Lo contrario a la acción estratégica, que establece medios para el fin de la obtención o conservación del poder. Acción comunicativa, colectividad y política Imaginemos que un grupo de individuos se empeñan en una actividad comunicativa que busca resolver los problemas que afectan al conjunto de la colectividad mediante el diálogo y el consenso. 1. Esta deliberación conjunta tiene aquí como objeto la elaboración de una voluntad común mediante el ejercicio de la razón, que sirva para afrontar el problema de que se trate. 2. Unos no manipulan a otros para imponer su solución al problema, sino que se elaboran conjuntamente las soluciones comunes – soluciones que no están preestablecidas, sino que se buscan. La distinción entre el foro y el mercado –Jon Elster. (1) En el mercado, el sujeto actúa como consumidor: minimiza los costes y maximiza los beneficios, porque su decisión afecta, en principio, sólo a él mismo. Su razonamiento es privado. Y su decisión no se somete a ningún examen externo. (2) En el foro, el sujeto debería actuar como ciudadano: debe considerar sus preferencias en función de su efecto sobre los demás y sobre el interés general. Su razonamiento es público. Y su decisión debe someterse a un examen de racionalidad colectiva. El poder como acción concertada: Hannah Arendt Para Arendt, el concepto de poder no se sujeta al binomio medios/fines ni a la idea de dominio. El poder es “la capacidad humana no sólo de actuar, sino de actuar en común, concertadamente”. “Lejos de ser un medio para conseguir un fin, es, en efecto, la condición misma que permite a un grupo de personas pensar y actuar en términos de la categoría medio-fin” El poder como acción concertada: Hannah Arendt El poder pertenece así al grupo mismo y no a sujetos que lo constituyen; y existe en la medida en que el grupo permanezca unido. Es el apoyo del pueblo lo que otorga poder a las instituciones de un país, apoyo que a su vez no es sino la continuación del consentimiento que dotó de existencia a las leyes En un sistema democrático-representativo, los ciudadanos, se supone, dirigen a los que gobiernan; las instituciones, por tanto, manifestaciones al cabo del poder, decaen cuando el grupo deja de apoyarlas. El poder como acción concertada: Hannah Arendt El poder es consensual e inherente a la existencia misma de comunidades políticas: surge donde el pueblo se reúne y actua concertadamente. Más que las decisiones mismas, lo que cuenta entonces es el procedimiento de adopción de decisiones; el poder no es un medio para obtener un fin, sino un fin en sí mismo, por ser la condición de posibilidad para la acción conjunta de un grupo humano. Y no es tampoco la instrumentalización de la voluntad ajena, sino la formación de la voluntad común. El procedimiento es importante porque permite dar forma a esa voluntad común acerca del interés de la comunidad. El poder como antónimo de la violencia La realidad política no es, sin embargo, tan idílica. Cuando una voluntad se impone a otra, dice Arendt, encontramos violencia, no poder. El poder se opone a la violencia: no es manipulativo ni coercitivo. La violencia es impotente porque no hace nacer nada de la voluntad común, porque ahoga la pluralidad humana e impide su articulación. Weber versus Arendt Para Arendt, la violencia se opone al poder; para Weber, el poder es violencia. Y si la primera confía en la razón y el debate como instrumentos de la política, el segundo cree que sólo existe lucha de unos hombres por otros con objeto de lograr la hegemonía. Dice Habermas: para Arendt el poder es la espada de Damocles que pende sobre la cabeza de los gobernantes, mientras para Weber y sus seguidores éste no sería sino esa misma espada, en manos de los que dominan. La utilidad contemporánea de la concepción normativa La concepción normativa del poder, sin embargo, depende en exceso de una idealización de la polis griega. ¿Cuál sería, entonces, la utilidad de este enfoque en la sociedad posindustrial de masas, aparentemente gobernada más bien por el paradigma realista? Es aquí imprescindible la distinción, propuesta por Habermas, entre: (a) la generación del poder –es decir, su surgimiento; y (b) el ejercicio del poder –su funcionamiento. Surgimiento normativo, funcionamiento realista Sólo en relación al surgimiento del poder son pertinentes las referencias deliberativas y consensuales propias de la concepción normativa de la política. Ningún gobernante puede mantener y ejercer el poder si su posición no está ligada a leyes e instituciones cuya existencia depende de convicciones, deliberaciones y consensos compartidos. Pero el concepto estratégico de la política explica gran parte del funcionamiento del sistema político. No obstante, éste depende de que el poder entendido como deliberación conjunta legitime ese poder estratégico, dotándolo de base. Deliberación y violencia Los grupos políticos en conflicto tratan de obtener poder, pero no lo crean. La violencia aparece como una fuerza que bloquea y dificulta la comunicación, la deliberación y el consenso necesario para la generación del poder. Ahora bien, ¿cómo distinguir la deliberación racional del acuerdo logrado por la fuerza, la violencia, la manipulación? ¿Cuándo surge el poder del acuerdo deliberativo y cuándo es un producto espurio? Habermas trata de resolver este problema especificando ciertas condiciones formales, o procedimientos mínimos, que nos permitan diferenciar una deliberación conjunta basada en la razón y el interés general, de otra basada en la fuerza o el engaño. ¿Qué condiciones garantizan la legitimidad de la deliberación democrática? 1. Libertad de las partes para hablar y exponer sus distintos puntos de vista sin limitación alguna para la argumentación. 2. Igualdad de las partes, de modo que sus concepciones y argumentos tengan el mismo peso en el proceso de discusión. Se trata de garantizar a todos las mismas opciones para iniciar, mantener y problematizar el diálogo, así como para poner en cuestión los argumentos ajenos y el resultado mismo al que pudiera llegarse. 3. Fuerza del mejor argumento, como directriz básica del proceso deliberativo, sin que sea dable recurrir a la coacción o la violencia como elemento de la discusión. El sesgo democrático de la legitimidad procedimental Ahora bien, parece que esta idea de legitimidad ligada a procedimientos, deliberaciones conjuntas y acuerdos racionales, favorece a los valores liberal-democráticos, en detrimento de otros – por ejemplo, la tradición o el carisma o el autoritarismo. Sería una legitimidad sesgada en favor de los valores democráticos. Y es cierto. Pero la presunta superioridad de esos otros valores tendría que ser demostrada de acuerdo con esos estándares y reglas, que adquieren así un cierto valor universal. La legitimidad democrática: condiciones 1. Dentro del paradigma arendtiano del poder y de la legitimidad procedimental habermasiana, consideraremos una acción, una norma o una institución como legítima si fuese susceptible de ser justificada como tal dentro de un proceso deliberativo. 2. Este proceso deberá regirse por reglas tales como la libertad y la igualdad de las partes, y deberá igualmente estar guiado por el principio del mejor argumento y la exclusión de la coacción. 3. Pese a que ninguno de estos elementos garantiza la bondad del resultado final, la democracia liberal se basa en la idea, precisamente, de que si nos equivocamos lo haremos, al menos, por nosotros mismos. La corrección liberal a la legitimidad democrática No obstante, la configuración democrática de la legitimidad no es suficiente por sí sola. ¿Qué sucede si los ciudadanos acuerdan, mediante un procedimiento democrático impecable, limitar o vulnerar los derechos de las minorías? Sartori es contundente al respecto: "Quien dice regla de la mayoría olvidándose de los derechos de las minorías no promueve la democracia, la sepulta”. Y cita a Kelsen, quien sugería que la veracidad de esta afirmación la comprobaba inmediatamente quien, habiendo votado con la mayoría, cambia de opinión. La corrección liberal a la legitimidad democrática Es aquí donde entran en juego los contrapesos liberales (subrayados por en autores como Kant, Rawls o Raz). Desde este punto de vista, un componente de la legitimidad es la neutralidad del gobierno en relación a las concepciones sustantivas del bien en sociedades posmetafísicas y por ello plurales. De hecho, esta pluralidad de concepciones del bien explica en gran medida la necesidad de autoridad y gobierno. De ahí también la necesidad de un conjunto de limitaciones institucionalizadas a la autoridad: la primacía de la Constitución, los derechos fundamentales, el imperio de la ley, la democracia representativa, las instituciones contramayoritarias. 3. La naturaleza moral de la política No obstante, hay otro punto de vista desde el que puede coneptualizarse la política: su naturaleza moral. Es decir, su relación con la propia naturaleza del hombre y con la comunidad a la que el hombre pertenece. ¿Es la política una actividad noble, como pensaban los griegos, o un espacio envilecido por el ansia de poder y la corrupción, como suele juzgarse? ¿Sirve la política para mejorar a los hombres, o para evitar que sean aún peores? ¿O los hace peores? Podemos distinguir dos grandes ideas de la política. La idea realista o maquiaveliana Desde este punto de vista, la política es vista como una actividad transgresora e inmoral, un espacio de lucha descarnada por conquistar el poder. Por otro lado, la política es a la vez resultado y escenario de un conflicto de intereses y concepciones del bien. Eso significa que la política es consecuencia del mal de la diversidad humana: somos muchos y distintos y no podemos ponernos de acuerdo, el bien individual y el bien colectivo chocan irremediablemente. Esta visión de lo político puede rastrearse en mitos fundacionales de la cultura (Lucifer; Caín y Abel; Rómulo y Remo), donde hay un crimen en el origen. La idea realista o maquiaveliana Thomas Hobbes: “Mientras los hombres viven sin ser controlados por un poder común que los mantenga a todos atemorizados, están en esa condición de guerra, guerra de todos contra todos”. La violencia es así la inclinación natural del hombre, la política es un remedio artificial. Yel Estado emplea el mal para asegurar el bien civil. La idea cooperativa o aristotélica Para esta idea de la política, es ésta la que nos convierte en seres humanos y nos constituye como comunidad. Mediante la política empleamos la razón, para deliberar en igualdad acerca de aquello que nos afecta. La política es entonces un fin en sí mismo. Da cohesión a las relaciones humanas y sirve para la articulación de un orden social. Es, en fin, cooperación colectiva para el bien común. La ambigüedad final de la política Podría decirse que, en realidad, la política no se reduce a ninguna de estas dos concepciones: es demasiado compleja y ambigua para ello. La política nace de la irreductible pluralidad de valores e intereses: es esa pluralidad y trata de resolverla. Tampoco puede simplificarse su relación con el bien y el mal. Max Weber, nos enseñó que la relación de ambos con la política es ambivalente. A veces hace falta un mal para producir un bien; otras, la búsqueda del bien provoca un mal. Fue Bismarck quien dijo que la política es el arte de lo posible. Esto es, resulta conveniente saber que el idealismo angélico no lleva a ningún sitio, porque la política no lo puede todo; cuando lo intenta, suele fracasar. Consecuentemente, Bismarck dijo también que si el ciudadano supiera de que están hechas las salchichas y las leyes, no iría a votar. La síntesis del liberalismo político El liberalismo político, consagrado en nuestras constituciones occidentales, trata de encontrar una síntesis de estas dos ideas de lo político. Así: 1. El poder es un mal necesario, que debemos controlar y limitar si lo pretendemos utilizar. 2. No podemos esperar que un poder edificado sobre la violencia, fruto de la pérdida de nuestra inocencia, sea inofensivo: limitarlo es limitar el mal posible, no eliminarlo. 3. Deben gobernar las leyes, no los hombres. Es en el nacimiento de las leyes se manifiesta la política como actividad concertada y cooperativa. 5. Los límites de la política. O sea, los límites de la acción política, entendiendo por límite no tanto una restricción de aquello sobre lo que la política puede decidir (porque, potencialmente, puede decidir sobre todo aquello que quiera someter a su campo decisorio), sino más bien una restricción de aquello sobre lo que puede decidir eficazmente (o sea, con una eficacia razonable), lo que resultaría en una autolimitación de aquello sobre lo que debe decidir. Naturalmente, todo aquello sobre lo que la política decida decidir eficazmente dará lugar a mejores o peores resultados según cuál sea, a su vez, el acierto de las decisiones concretas adoptadas (diseño de mercados de trabajo o sistemas fiscales, etc.). Dos tipos de límites No hablamos de lo político, sino de la política, en su doble sentido de actividad colectiva orientada a la toma de decisiones y de acción política derivada de la decisión así adoptada. Podemos distinguir dos tipos de límites: (i) los límites de la política per se, que dan lugar a lo que podríamos denominar su impotencia constitutiva; y (ii) los límites contemporáneos de la política, o el conjunto de circunstancias que simultáneamente agravan esa impotencia inicial y la revelan -una impotencia sobrevenida antes que coyuntural. (i) Los límites originarios de la política. Una larga tradición de pensamiento inviste al poder con atributos de omnipotencia. Ahí está el concepto medieval de soberanía, atribuida al gobernante absoluto. Y esa atribución subsiste de algún modo en cualquier idea de lo político. Si algo tienen en común el decisionismo fascista, la reorientación revolucionaria de los fines estatales y la voluntad general defendida por Rousseau es una afirmación de la capacidad de la política para diseñar eficazmente la realidad. Algo que la democracia ofrece también en forma de promesa (electoral) de acción. Frente a esta tradición, recelando de semejante confianza, se sitúan no pocos pensadores liberales cuya intuición fundamental es precisamente la contraria: la idea de que la política está sometida a límites, porque no puede realizar cualquier fin; y porque no puede realizarlos, debe ser sometida preventivamente a límites debidamente institucionalizados. (i) Los límites originarios de la política. Muchas son las razones que apuntan hacia esta limitación originaria: (1) La pluralidad humana, que implica divergencias de valores y fines entre individuos o grupos; (2) la escasez relativa de bienes, que impide satisfacer todos esos fines y realizar todos esos valores simultáneamente, aún en el supuesto de que esa presunta 'satisfacción' fuera posible o duradera; (3) la subsiguiente imposibilidad del consenso entre seres humanos, o la radical volatilidad del mismo, así como la insuficiencia de aquellos que pudieran alcanzarse; y (4) la peligrosidad de unos hombres para con otros, ya se entienda ésta en sentido fuerte o en un sentido más débil que admita, cuando menos, la tendencia de los seres humanos a abusar de su poder. (i) Los límites sobrevenidos de la política. Hay razones para pensar que cuanto mayor sea la complejidad social, mayor será la dificultad para producción resultados eficaces a través de la política. Y la propia organización de la toma colectiva de decisiones será también más dificultosa. La impotencia constitutiva de la política se ve así agravada por un conjunto de límites sobrevenidos. Pues bien, nuestras sociedades avanzadas se caracterizan por su complejidad; una complejidad que revela una extraordinaria ambivalencia. Esta ambivalencia supone que un mismo aspecto de la organización social es susceptible de distintas interpretaciones, porque cumple distintas funciones: pensemos en los fondos de pensiones que contribuyen a la vez a los flujos financieros globales y a la capacidad de ahorro de las viudas que contribuyen a él. (i) Los límites sobrevenidos de la política. Son muchos los factores que han contribuido a este incremento de la complejidad social, pero si hay dos sospechosos habituales, son la globalización y la digitalización: la primera se ve impulsada por la segunda y la segunda refuerza la primera. Resultados de estos procesos son la creciente interdependencia de los distintos sistemas sociales nacionales y un proceso de reconversión digital de las economías, además del sometimiento del sistema social a la lógica innovadora del sistema científico- tecnológico y la creación acelerada de nuevas dinámicas culturales. Así las cosas, la acción política concertada se ve enfrentada con límites adicionales, que refuerzan su impotencia constitutiva; entre otras cosas, haciendo más compleja su práctica a la vista de la erosión que sufre su actor principal: el Estado. La complejidad del sistema global puede administrarse, pero no puede ya controlarse.

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